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Especial San Valentín. La orquídea que no se marchitó.


No todas las flores nacen para ser cortadas. Algunas nacen para quedarse. En la sierra de la Alpujarra de Granada entre caminos que huelen a tierra húmeda y recuerdos antiguos, crece una orquídea amarilla, pequeña y discreta, casi invisible para quien no sabe mirar.

La llaman Ophrys lutea, pero los que viven allí saben que no necesita nombre. Basta con haberla visto una vez para no olvidarla jamás. 

Es una orquídea silvestre, frágil y protegida. Destaca porque aparece cuando menos se la espera, como los recuerdos que creíamos dormidos, como los amores que nunca se apagaron del todo, una flor que no sobrevive en un jarrón, porque depende del lugar donde nace, de la tierra que la sostiene y del equilibrio que la rodea. Por eso no se arranca. Por eso no se regala como las demás. Y quizá por eso, no desaparece como otras flores: permanece. no destaca por su tamaño ni por su perfume.

No nació para durar unos días, sino para volver a florecer cuando llega su tiempo. Porque no se usa… se recuerda. Esta flor nos recuerda que hay amores que no necesitan fotos, ni aniversarios, ni promesas dichas en voz alta. Amores que no hicieron ruido, pero que dejaron huella.

San Valentín suele hablarnos de comienzos, de primeras veces, de flores recién cortadas. Hoy quiero hablarte de otra cosa: de lo que queda cuando todo parece haber pasado. Porque el amor también envejece… y sigue siendo amor.

En la residencia donde transcurre la novela Reencuentro, San Valentín no llega envuelto en papel de regalo. Llega despacio, como llegan los recuerdos. Llega en forma de una mirada que se detiene más de lo habitual, de una mano que tiembla al rozar otra, de un silencio que dice más que mil palabras. José no quiere celebrar nada, nunca le gustaron las fechas marcadas en rojo, dice que el amor no entiende de calendarios, pero ese día… ese día algo se le remueve por dentro. En una mesa del comedor hay flores, y entre todas ellas, una orquídea, José la mira y, sin darse cuenta, vuelve a ser joven.

Hace muchos años, cuando aún no sabía que la vida podía separar tanto, José regaló una orquídea a Adela. No era una flor cualquiera. Era un “te quiero” dicho sin palabras. Un “estoy contigo” cuando todavía no sabían que el mundo podía ser cruel. La orquídea no prometía eternidad, prometía verdad.

En Reencuentro, esa orquídea es amor. En Duende, es memoria. Y en la nueva novela, Huellas, será símbolo de algo aún más profundo: todo lo que dejamos en los demás sin saberlo, porque hay gestos pequeños que duran toda una vida. El amor no se fue. Solo se quedó en silencio. José y Adela no envejecieron juntos. La vida decidió otra cosa. Hubo palabras que no se dijeron, besos que no llegaron, promesas que se quedaron a medias. Pero el amor… el amor no se marchó. Se quedó esperando. Esperó en la sierra, en el río, en una flor guardada en la memoria, esperó hasta que el tiempo, cansado de separar, decidió reunirlos de nuevo.

San Valentín también vive en las residencias. Casi nunca hablamos de amor cuando hablamos de personas mayores, y sin embargo, ellos han amado más tiempo que nadie. Han perdido, han esperado, han callado. En las residencias hay historias de amor que no tuvieron final feliz, pero sí final verdadero. Amores que enseñaron a resistir, a soltar, a recordar sin rencor, amores que no se borraron con los años.

En Reencuentro, José regaló a Adela una orquídea amarilla no como se regalan las flores los jóvenes, con prisa y sin pensar, se la regaló como se entregan las cosas importantes: sabiendo que quizá no podría repetir el gesto, pero que ese gesto duraría toda una vida. No era un gesto grandioso. Era un gesto verdadero. Como quien dice: no tengo mucho, pero te doy lo único que no se compra. Esa orquídea no era solo una flor, por eso vuelve a aparecer en Duende y volverá a hacerlo en Huellas, porque hay símbolos que no se repiten: se heredan.

La orquídea no se marchitó como otras flores porque no fue un objeto, fue un recuerdo. La Ophrys lutea es una flor frágil y protegida. No se puede arrancar. Solo se puede contemplar. Porque no estuvo en un jarrón, estuvo en la memoria. Porque hay flores que se secan en pocos días… y hay otras que, aunque no puedas tocarlas, florecen toda una vida. Como los amores que no hicieron ruido. Como las historias que no se contaron a tiempo. Como las personas mayores, que no desaparecen: esperan, como sus historias, como todo aquello que, si no se escucha a tiempo, se pierde para siempre.

En la residencia donde transcurre Reencuentro, cada San Valentín esa orquídea vuelve a florecer, no en la tierra, sino en las miradas largas, en las manos que se buscan despacio, en los nombres que se pronuncian en voz baja: —José. —Adela. Porque el amor verdadero no siempre grita, a veces espera toda una vida para volver a decir su nombre.

Dentro de muy poco llegará Huellas, una novela que nace de esta misma pregunta: ¿Qué dejamos en los demás cuando ya no estamos? Todos somos huellas de alguien, aunque no lo sepamos, aunque nunca nos lo digan. Una palabra. Un gesto. Una flor regalada una tarde cualquiera. A veces, eso es suficiente para sostener toda una vida, porque amar también es recordar, este San Valentín no te hablo de parejas perfectas, te hablo de memoria, de amor que espera, de amor que envejece, te hablo de una orquídea que no se marchitó, porque nunca fue solo una flor, fue una promesa, fue una huella, fue una vida entera. Y mientras alguien la recuerde, seguirá floreciendo. Porque lo que no se escucha… se pierde.


Feliz día de San Valentín.


Vicente Martín López

 
 
 

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