El Día del Padre en casa de mi yayo.
- Vicente Martín López (Vizenzo)
- 19 mar
- 3 Min. de lectura

Este es el primer San José sin mi padre, mi padre se llamaba José y se fue el 7 de septiembre, desde entonces, cada fecha señalada tiene otro peso, pero hoy no quiero escribir desde la ausencia, quiero escribir desde el recuerdo.
Porque el Día del Padre, cuando yo era niño, no era un día de regalos comprados a última hora, era el día de ir a casa del yayo, y decir “vamos al yayo” era como abrir una puerta a algo grande, la casa del yayo ese día tenía un sonido especial, desde primera hora se notaba que no era un día cualquiera, ollas al fuego, sillas que se movían, la mesa que se ampliaba, platos que no eran suficientes y había que sacar los “de las visitas”, teníamos que comer por turnos, primero los pequeños, luego los mayores.
Llegábamos y ya estaban algunos primos corriendo, Sonia, Mari Carmen, José Antonio, Marcos, Paqui y mi tía Isa, la pequeña de mis tíos, solo tres años mayor que yo. Mi prima Sonia y mi prima Paqui eramos cómplices de travesuras, nos mirábamos y sin hablar ya sabíamos que aquel día era nuestro también. Mientras los mayores se abrazaban, nosotros ocupábamos el pasillo, la escalera, cualquier rincón donde inventar juegos.
El yayo estaba en su sitio. No necesitaba presidir nada, pero todos girábamos alrededor de él, era el eje invisible, recuerdo su mirada tranquila, su forma de escuchar, su manera de asentir cuando alguien contaba algo importante. En aquel momento yo no entendía lo que significaba esa reunión, hoy sí, era familia celebrando que había un padre en el centro. Y celebrando también a todos los que habían sostenido la historia antes.
Ese mismo día, nos cruzábamos, a la puerta de enfrente de donde vivían mis yayos, y allí vivía el tío Paco, el tío Paco era tío de mi padre, la tía Carmen, su mujer y su hija, mi prima Mari Carmen, mi padre los quería profundamente. De jóvenes, el Tio Paco y mi padre emigraron de Granada a Barcelona. Se apoyaron cuando no había nada. Compartieron esfuerzo, incertidumbre, nostalgia, yo veía esa unión sin saber ponerle nombre. El tío Paco siempre intentaba hacerme pillerías, me chinchaba, me buscaba las cosquillas. Y yo protestaba… pero ahora sé que aquello era afecto. Era su forma de incluirme en esa cadena de hombres que se habían cuidado unos a otros.
Y luego estaba mi padre, ese día él no era solo hijo del yayo, era padre, y yo no era consciente de que algún día ocuparía su lugar. Hoy lo entiendo. Hoy soy yo el padre. Y aunque este sea el primer San José sin él, también es el primer San José en el que siento de verdad lo que significa, la vida sigue, no porque el dolor desaparezca, sino porque la responsabilidad continúa.
Mis hijos merecen su recuerdo de “ir a casa del padre”. merecen su mesa ampliada, sus risas cruzadas con primos, su sensación de pertenencia.
En mi novela Reencuentro, el protagonista también se llama José, un abuelo, un hombre con historia, un hombre que ama y recuerda.
Quizá sin querer, escribí el nombre para no soltar el mío, porque escribir también es eso: mantener viva la memoria, hoy, si puedes, llama a tu padre, si lo tienes cerca, míralo con atención y si ya no está, piensa en esa mesa que un día fue tu mundo, porque los yayos, los abuelos, los padres, los tíos que emigraron, los que hicieron pillerías, los que sostuvieron sin hacer ruido… son los que nos enseñaron a estar.
Cuidad de vuestros corazones y cuidad de esos padres que os rodean, tanto físicamente como en la memoria. Porque lo que no se escucha, se pierde. Y lo que no se valora a tiempo… también.
Vicente Martín López (Vizenzo)



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