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24 de Diciembre: Cuando la Navidad Te Abraza el Alma.

Hoy es 24 de diciembre. Un día que siempre fue luz… y que ahora también se mezcla con sombra. Un día que me recuerda que en la vida hay ausencias que duelen, pero también presencias que nunca se apagan.


Este año mi padre —mi duende— no está físicamente conmigo. Y, sin embargo, cuando se colgó el árbol, sentí que estaba allí. Cada bola que era colgada, cada luz que se encendía, cada adorno que llevaba sus colores… parecía decirme:


“Hijo, sigue sonriendo. La Navidad también es para mí.”


Porque si él pudiera verme, sé que se alegraría. Él siempre se alegraba. Especialmente en Nochebuena. Se sentaba a mi lado, como si guardar mi sitio fuese su manera de cuidarme. Yo le acercaba lo que más le gustaba de la mesa y él me miraba como solo un padre mira a su hijo: con ese amor silencioso, sencillo, profundo… ese amor que, aunque pasen mil años, nunca se olvida.


Pero lo que más me gustaba era su risa. Cómo brillaban sus ojos cuando veía a los pequeños abrir regalos. Cómo se reía cuando todos bailaban, aunque él ya no podía moverse tanto. Su sonrisa iluminaba más que todas las luces del salón. Era la Navidad hecha persona.


Cuando yo era pequeño vivía en un bloque con diez vecinos. Diez puertas… diez familias… y, en verdad, una sola casa. Porque antes los vecinos eran familia. Todos veníamos de Andalucía, todos con nostalgias a cuestas, todos con las abuelas y los padres lejos, pero todos con el corazón dispuesto a compartir.


Encarna, la del cuarto, que venía de Córdoba, era la chispa de aquellas noches. Ella y su familia bajaban las escaleras tocando a todas las puertas, cantando villancicos a pleno pulmón. Las voces rebotaban por el hueco de la escalera como si la Navidad bajara de golpe a abrazarnos.


Al final, todos los vecinos acabábamos metidos en una sola casa. Apretados, con calor, con risas, con gente que no era de sangre pero era de alma.


Nunca olvidaré a mi vecina Ángeles, la del segundo, con su zambomba. Le daba con tanta fuerza, con tantas ganas de vivir, que más de una vez acababa rompiéndola. Pero daba igual: si no había zambomba, había botella de anís y cucharilla. Porque cuando hay corazón, siempre hay música.


Esa era la Navidad de antes: sencilla, humana, de verdad. Y eso es lo que quiero que mis hijos recuerden. Que pase lo que pase, se pierda lo que se pierda, nunca se pierda el alma de la Navidad.


Hoy también pienso en nuestros mayores. En la residencias de ancianos, donde cada sonrisa vale más que cualquier regalo. Cada mano que se agarra con miedo. Cada mirada que busca a alguien que ya no está. Cada abuelo que esta noche cenará sin la persona que un día fue su vida.


Y también pienso en mi querida Sierra de la Alpujarra, en sus casas pequeñas, sus luces humildes, sus mesas llenas de tradición. Imagino a nuestros duendes allí, cada uno con su familia, con recuerdos, con silencios, con risas, con ese sabor a hogar que solo la sierra sabe dar.


Navidad es eso: recordar a los que no están, abrazar a los que sí están, y agradecer lo que un día vivimos.


Porque algún día… Algún día seremos nosotros los que faltemos. Y ojalá que quienes nos quieran puedan acordarse de nosotros con la misma mezcla de nostalgia y amor con la que hoy yo pienso en mi padre.


Por eso esta noche, si puedes, llama a alguien con quien llevas tiempo sin hablar. Pide perdón. Da perdón. Invita a alguien que esté solo. Pon un plato extra en la mesa. Haz un gesto bonito, aunque sea pequeño.


Porque en la vida todo se siembra… y todo, absolutamente todo, se recoge.


Y para terminar… Que esta Navidad te encuentre con el corazón abierto, con los recuerdos abrazados, con la familia cerca, aunque sea en pensamiento, y con la certeza de que los que ya no están siguen estando donde de verdad importa.


En tu alma. En tu historia. En tu vida.


Y nunca olvides:


Cuidad de vuestros corazones… porque ahí es donde viven los que amamos.


Vicente Martín López


 
 
 

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